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Miércoles 7 de octubre de 2026

El día que la 10 quedó en silencio: Messi se despidió de Argentina con una última obra

Por 8 min de lectura Actualizado: 7 de octubre de 2026
El día que la 10 quedó en silencio: Messi se despidió de Argentina con una última obra

Messi se despidió de Argentina: el emotivo final de una era histórica. Lionel Messi jugó por última vez con la Selección Argentina y el fútbol tuvo uno de esos momentos que obligan a mirar más allá del resultado.

Fueron 21 años, 208 partidos, 126 goles y una colección de títulos que cambió para siempre su relación con la camiseta albiceleste. En el Monumental, ante Benín, se fue como tantas veces jugó: siendo la figura, marcando y haciendo jugar.

Hay despedidas que empiezan cuando termina el partido. La de Lionel Messi había comenzado mucho antes.

En cada pelota que tocó, en cada teléfono levantado desde las tribunas, en cada camiseta número 10 y en cada vez que las cámaras buscaron su rostro había una certeza incómoda: no iba a haber otro partido con Argentina después de ese.

El martes 6 de octubre de 2026, más de 85.000 personas llenaron el Monumental de Buenos Aires para presenciar algo bastante más grande que un amistoso frente a Benín.

Fueron a decirle gracias. Y Messi, incluso en una noche organizada para despedirlo, terminó haciendo lo que hizo durante más de dos décadas: jugar al fútbol.

Argentina ganó 3-0, el capitán convirtió un gol de penal y entregó dos asistencias. Participó, de una manera u otra, en los tres tantos de su último partido internacional.

Hasta el final, Messi fue Messi.

Una despedida que no podía terminar solamente con lágrimas

A los 39 años y después de haber anunciado su retiro internacional tras el Mundial de 2026, el rosarino aceptó volver una última vez para tener el cierre que semejante carrera reclamaba.

La final mundialista perdida ante España había dejado una imagen demasiado amarga para funcionar como punto final.

La Asociación del Fútbol Argentino y Lionel Scaloni organizaron entonces un último encuentro en Buenos Aires. El rival fue Benín y el escenario, naturalmente, el Monumental.

No se trataba de conseguir tres puntos ni de clasificar a ningún lado. Esta vez el partido era Messi.

Desde mucho antes del comienzo quedó claro que la noche iba a moverse en un terreno difícil de describir únicamente desde lo futbolístico. Hubo homenajes, imágenes de su carrera, ovaciones y un estadio que por momentos pareció debatirse entre festejar todo lo vivido o lamentar que finalmente hubiese llegado el momento que nadie quería ver.

Durante el himno, Messi intentó contener la emoción.

No siempre pudo. Y probablemente allí haya estado una de las imágenes más poderosas de la noche: después de tantos años acostumbrado a resolver situaciones imposibles dentro de una cancha, esta vez no había gambeta posible. El reloj iba a llegar a 90.

Un gol y dos asistencias: ni para despedirse eligió ser espectador

El partido podía haber sido apenas ceremonial. No lo fue.

Messi pidió la pelota, se movió entre líneas, generó juego y participó directamente en cada uno de los tres goles argentinos.

Primero aparecieron las asistencias. Después llegó el penal y la posibilidad de vivir un último grito con la camiseta albiceleste.

Gol. Uno más. El número 126 con Argentina.

Probablemente el menos importante desde el punto de vista competitivo y, al mismo tiempo, uno de los que permanecerán más tiempo en la memoria.

Cuando terminó el encuentro, las estadísticas ya resultaban casi pequeñas frente al tamaño de lo que acababa de cerrarse: 208 partidos internacionales y 126 goles en 21 años de carrera con la Selección mayor.

De aquella expulsión en 90 segundos al dueño de una era

La historia había comenzado de una manera completamente distinta.

El 17 de agosto de 2005, un Messi de 18 años debutó con la selección mayor frente a Hungría.

Ingresó desde el banco. Duró aproximadamente 90 segundos. Fue expulsado.

Difícil imaginar entonces que aquel muchacho que abandonaba la cancha desconsolado terminaría disputando más de 200 encuentros, levantando una Copa del Mundo y transformándose en el máximo goleador de la historia argentina.

Pero la relación de Messi con la Selección tampoco fue una línea recta.

Hubo años incómodos. Comparaciones permanentes con Diego Maradona. Cuestionamientos porque parecía rendir más en Barcelona. Finales perdidas. Discusiones acerca de su carácter. El absurdo debate acerca de si sentía o no la camiseta porque no cantaba el himno.

En 2016, después de otra final perdida, anunció que se iba.

Y volvió. Esa decisión cambió todo.

Porque el Messi que regresó acabaría encontrándose con la generación, el entrenador y el momento que necesitaba para transformar una historia extraordinaria individualmente en una historia también ganadora a nivel colectivo.

La Copa América que liberó todo

El Maracaná fue el lugar donde se quebró definitivamente aquella mochila.

Argentina derrotó a Brasil en la final de la Copa América 2021 y Messi consiguió su primer gran título con la selección absoluta.

Ya no había que preguntarle cuándo iba a ganar. Ya había ganado.

Después llegó la Finalissima 2022 ante Italia en Wembley. Y después, Qatar.

Qatar 2022 cambió para siempre la historia

Si antes de Qatar faltaba una imagen para cerrar el círculo, apareció en Lusail.

Argentina fue campeona del mundo. Messi levantó la Copa.

Y buena parte de aquellas discusiones que habían acompañado su carrera dejaron de tener sentido de un día para otro.

Ya no era necesario enfrentar permanentemente a Messi con Maradona.

Argentina podía tener a los dos.

La Copa del Mundo no creó la grandeza de Messi, pero modificó definitivamente la forma en que buena parte de su país lo miraba.

Después todavía hubo más.

Argentina volvió a ganar la Copa América en 2024, y Messi pudo transitar sus últimos años internacionales sin aquella pesada necesidad de demostrar algo cada vez que se ponía la camiseta.

Cuando anunció su retirada en 2026, ya no quedaban cuentas pendientes. Quedaba solamente despedirse.

El último Messi de Argentina fue también el más querido

Quizás esa sea una de las grandes particularidades de esta historia.

Messi tardó años en recibir de Argentina el cariño prácticamente incondicional que encontró al final.

Lo paradójico es que ese amor terminó siendo enorme.

El chico al que durante años le exigieron comportarse como otro ídolo terminó siendo querido justamente cuando Argentina terminó aceptándolo como era.

No necesitaba gritar como Maradona. No necesitaba liderar como Maradona. No necesitaba ser Maradona.

Necesitaba ser Messi.

Y cuando finalmente dejó de discutirse eso, apareció probablemente la versión más cómoda, libre y feliz del número 10 dentro de la Selección.

Los números que quedan

Se puede intentar resumir su carrera internacional.

208 partidos.

126 goles.

Campeón del Mundo.

Dos Copas América.

Una Finalissima.

Y detrás de todo eso, seis Mundiales disputados y más de dos décadas formando parte de la conversación futbolística de una selección donde la exigencia pocas veces concede tregua.

Pero hay trayectorias para las que las estadísticas funcionan únicamente como referencia.

Messi fue demasiado importante para ser explicado solamente por números.

Argentina tendrá que aprender a jugar sin el 10

Y ahora llega algo que durante años parecía lejano.

Argentina tendrá un próximo partido. Messi no estará.

Habrá una convocatoria sin su nombre, una formación sin el número 10 ocupado por él y algún futbolista recibirá una pelota en un sector donde durante dos décadas todos buscaron automáticamente al mismo compañero.

Esa será la verdadera transición.

Scaloni ya venía incorporando nuevas caras y preparando una renovación inevitable, pero una cosa es administrar los minutos de Messi y otra muy distinta saber que no existe la posibilidad de recurrir a él.

Por primera vez desde 2005, Argentina deberá construir su futuro sabiendo que Messi pertenece definitivamente al pasado de la Selección.

Un pasado demasiado presente todavía.

El fútbol continúa, pero una época terminó

Messi no se retiró del fútbol. Su carrera de clubes continúa con Inter Miami.

Pero la camiseta argentina ya quedó guardada. Y eso cambia bastante más que una alineación.

Se terminó una de las relaciones más fascinantes, exigentes y finalmente emotivas que un futbolista haya tenido con una selección.

Del debut con expulsión a la Copa del Mundo. De las finales perdidas a levantar todo.

De las críticas a un Monumental entero intentando retenerlo durante unos minutos más.

Y quizás no había mejor manera de marcharse. Un último partido. Un último gol.

Dos últimas asistencias. La cinta de capitán.

La camiseta número 10.

Y todo un estadio entendiendo que, esta vez sí, cuando el árbitro marcara el final no quedaría revancha.

Lionel Messi se fue de la Selección Argentina.

El fútbol seguirá. Argentina también. Pero algunas camisetas tardan bastante más en quedar vacías.

Messi se despidió de Argentina: el emotivo final de una era histórica

www.fansdelfootball.com

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